Cinco días, un atentado en una tetería y un cerebro partido en seis voces que no paran de discutir. Así se juega esta rareza que nos dejó agotados y fascinados por igual.
Hay juegos que construyen mundo a fuerza de gráficos, cinemáticas o combate. Esoteric Ebb lo hace a puro texto, con la caradurez de un genio solitario que te agarra de las solapas y no te suelta hasta que aceptás que tus propios pensamientos son los verdaderos enemigos.
Lo firma Christoffer Bodegård, lo distribuye Raw Fury y desde el primer minuto te deja claro que acá no viniste a ver números subir, sino a dejarte arrastrar por un torbellino político, absurdo y filosófico disfrazado de partida de Dungeons & Dragons.
Las comparaciones con Disco Elysium son inevitables, sí. Pero Esoteric Ebb tiene su propio veneno: acá mandás a un clérigo con la clase clavada aunque podés retorcer sus estadísticas a gusto, y cada una de esas seis puntuaciones —desde Fuerza hasta Carisma— te habla como una voz interior con agenda propia.
Nuestra primera hora en Norvik fue una crisis de identidad. Bajamos una escalera sin la Destreza necesaria y casi quedamos lisiados, mientras Sabiduría nos sermoneaba y Inteligencia calculaba el costo-beneficio de pedir ayuda. Así, sin anestesia, el juego te planta en un mundo donde hasta el acto más trivial puede depender de una tirada de dado y donde tus convicciones mutan según qué voz interna te grite más fuerte.
Cuando los pensamientos te hacen más daño que un orco borracho
El gran truco de Esoteric Ebb es armar un parlamento mental y obligarte a escucharlo. Fuerza puede exigirte que impongas respeto a las piñas, Carisma sugerir un chiste cruel y Constitución recordarte que no das más del cansancio, todo mientras un delirante te explica por qué el Partido de los Trabajadores Azgal quiere abolir las siestas. Si te marcó la ficción política pintada al óleo de Disco Elysium, acá vas a encontrar un primo hermano con voz propia.
El sistema de diálogo es una maraña de tiradas de habilidad y respuestas que se bifurcan de maneras impredecibles. Muchas veces nos quedamos mirando la pantalla, con las manos quietas, discutiendo en voz alta con nosotros mismos sobre si revivir a un cadáver o reservar fuerzas para lo que venga.
No es un truco barato: es un espejo incómodo que te obliga a tomar decisiones éticas mientras tus propios rasgos te sabotean, y eso engancha como pocas cosas en el género.
Norvik no duerme, y vos tampoco
La ciudad no te espera. Tenés cinco días antes de las elecciones y la misión principal —averiguar quién voló la tetería de Tolstad— se convierte casi en una excusa para husmear en cada rincón. La libertad es enorme: podés ignorar la investigación, afiliarte a facciones políticas, declararte Rey Arcano o ganar la dote Heraldo Democrático por meterte en debates callejeros.
La presión temporal no es un reloj que te ahoga, sino un recordatorio constante de que el mundo sigue girando. Los ciudadanos reaccionan a tus acciones con sorna, euforia o un fanatismo que incomoda. Nos encontramos con un zombi apilando manzanas en una morgue y a los diez minutos estábamos discutiendo sobre plusvalía con un revolucionario que hablaba en endecasílabos. Todo cabe en Norvik, y eso es tan agotador como adictivo.
Un Dungeon Master que te tira los dados por la cabeza
El combate lleva el nombre perfecto: Teatro de la Mente. Tirás iniciativa y después el juego te narra las opciones como si le hablaras a un Dungeon Master con ganas de improvisar. Podés enredarte con una gynosphinx borracha o perder la cara contra una arena mágica, pero nunca vas a ver un mapa táctico ni una barra de vida que baje prolijamente.
A nosotros este sistema nos descolocó varias veces, sobre todo cuando el daño parecía puro capricho y extrañábamos el control fino de un Baldur’s Gate 3. Ahora bien, con el correr de las horas entendimos que no es un defecto, sino una apuesta deliberada por la narrativa por sobre la estrategia. Puede que al fanático del desafío milimétrico no le cierre, pero quien busque una experiencia más cercana a la mesa de rol con un master sarcástico va a sentirse en casa.
Belleza que susurra viejos tiempos
Visualmente es raro y en esa rareza reside su encanto. Los entornos tienen ese aire bloqueado de los juegos de ordenador de antes, pero con una definición nítida y una paleta de color que nunca estridencia. Hay toques constantes de luz quebrada, un Pilar de Jor partido en dos y una gaviota gigante que te deja clavado en el sitio.
Los sprites 2D que aparecen en conversaciones son el verdadero golpe de gracia: personajes como Snell o Lady Sageleaf respiran más personalidad en un retrato dibujado que en cualquier modelado 3D. Esto habla de un criterio artístico que sabe dónde poner el foco.
La música atmosférica nos acompañó sin robar protagonismo, con un tema principal que nos trajo el mismo escalofrío que el menú de Mass Effect, y los efectos de sonido funcionan como el eco justo para cada disparate que sucede en pantalla.
¿Para quién es este aquelarre?
Esoteric Ebb no es un juego para todo el mundo, y eso está perfecto. Si buscás un CRPG con combate táctico, estadísticas que hagan pum o cobertura en tiempo real, probablemente te saque de quicio. Pero si te prendieron Disco Elysium —ese al que ya le dedicamos una lectura entre Barthes y la espera—, las campañas de Planescape: Torment o esas charlas de política ficción que terminan a las tres de la mañana, acá tenés un título que te va a dejar el cerebro frito y una sonrisa boba.
Así terminamos: agotados, discutiendo con nuestras propias voces internas y convencidos de que hacía falta una explosión así de fresca en el género. Es una rareza cargada de humor inteligente, dilemas morales que pican y una libertad que pocos estudios se animan a entregar con tanta confianza. Jugalo sin apuro, escuchá cada voz y no le tengas miedo al caos: en Norvik, hasta la locura tiene padrón electoral.




