Reseña. Death Stranding 2: On the Beach es un monstruo ambicioso, pero con algunos baches

Kojima Productions vuelve a desafiar los géneros con una secuela que mejora casi todo lo jugable, aunque asperezas y desmesura le impiden redondear un viaje perfecto.

Hay regresos que pesan más que una mochila sobrecargada. Death Stranding 2: On the Beach tenía la misión de demostrar que aquel híbrido de caminatas, paquetes y drama no fue un accidente. Después de más de cincuenta horas recorriendo sus paisajes embreados y desoladas planicies, en Solo Jugadores creemos que Kojima Productions lo logró, aunque no sin los tropiezos que ya conocíamos. Y, sin embargo, hay algo en este viaje que justifica cada kilómetro embarrado.

Sam Porter Bridges vuelve a calzarse la mochila en una Australia y un México devastados por el tiempo y las amenazas quirales. El nuevo reparto expande el universo con más preguntas que certezas, y el guion te zarandea entre ternura, extrañeza y alguna decisión que te deja rascándote la nuca.

Si no jugaste al primer Death Stranding, casi que ni te acerques; incluso con el resumen del menú, las referencias y vínculos te van a resultar un salto cuántico en ayunas. Por eso conviene llegar con la lección aprendida y conocer ciertos secretos antes de empezar.

Un mundo que te traga las horas

La factura técnica te golpea de entrada. Los paisajes son descomunales, con verdes, ocres y cielos cargados de partículas de brea que te dejan quieto, contemplando, antes de calcular la ruta. La captura de movimientos es enfermiza: un gesto de Fragile o Hartman transmite más que muchos diálogos.

En PS5 el rendimiento se mantiene sólido, sin apenas caídas, incluso con tormentas de arena, incendios forestales o avalanchas que te obligan a replanificar sobre la marcha. Algún follaje de cerca parece dibujado con pincel apurado, pero es un ruido mínimo que no opaca el conjunto.

El sonido acompaña con precisión. Los gemidos de los EV, el crujido de las estructuras y el traqueteo del cargamento crean una atmósfera tensa y reconocible. La banda sonora licenciada, con Low Roar y una docena de artistas, es preciosa.

Pero el juego se empecina en cerrar casi cada misión principal con una canción nueva. El truco, al repetirse, pierde la capacidad de emocionarte; lo que al inicio te erizaba, hacia la mitad del viaje ya lo esperás con resignación.

El reparto se lleva el viaje por delante

Norman Reedus dota a Sam de una humanidad torturada que ya quisieran muchos dramas de peso. Troy Baker incomoda incluso cuando intenta caer simpático, y Luca Marinelli te parte el alma en silencio. Algunos secundarios caen en la caricatura, pero cuando la historia aprieta, las escenas se te clavan.

La dirección cinematográfica de Kojima sigue fiel: planos largos, silencios que te obligan a interpretar y alguna ida de olla que te arranca una carcajada incrédula. La historia pierde sorpresa frente al primer juego, pero gana en redondez y carga emocional. Cierra arcos y deja el terreno listo, un regalo para el fan del original.

La entrega perfecta (o casi)

En lo jugable, Death Stranding 2 es un salto enorme. Lo que antes era tosco se pulió hasta resultar justo. El menú de carga, la reordenación automática de los bultos y quitarte la mochila para explorar convierten la planificación en un placer. Los guantes de escalada, los exoesqueletos mejorados y los monorraíles que podés activar a lo largo del continente transforman cada entrega y te incitan a probar soluciones más locas.

El sigilo y el combate recuerdan a Metal Gear Solid V: podés planear un reconocimiento, marcar enemigos con torres de vigilancia y decidir si querés barrer el campamento con un fusil de francotirador o anular el riesgo sin que nadie se entere. Los tiroteos son más cómodos y el arsenal incluye gadgets que aprovechan el entorno; si querés afinar la mano conviene saber cuáles son las armas más efectivas. La conexión social sigue intacta: puentes y “me gusta” te recuerdan que la soledad es un esfuerzo colectivo que engancha.

Cuando la brea quiebra el ritmo

Pero no todo es pura seda. Por mucho que los peligros dinámicos —terremotos quirales, tormentas de arena— enriquezcan el trayecto, el bucle de transportar cargas puede volverse monótono si nunca te enamoraste de la propuesta original. La campaña se estira hasta las treinta horas y la repetición te frena las ganas. Aunque el endgame da para cien, esa insistencia termina pesando.

El mayor pecado lo encontramos en los enfrentamientos contra EV gigantes en la brea. Ahí el combate choca con la fragilidad del porteador, resultando torpe y frustrante; saber cómo leer las señales de peligro y qué armas conviene llevar contra los CV ayuda a sufrir un poco menos. Nos topamos con peleas que arruinan el ritmo y nos dejaron resoplando frente a la pantalla. Son picos de impotencia que empañan un combate que, en tierra firme, funciona de maravilla.

¿Te subís al camión de Bridges otra vez?

Death Stranding 2: On the Beach no es para cualquiera. Si conectaste con el primer viaje, esta secuela te parecerá una evolución mayúscula, más pulida y con una carga emocional que justifica cada kilómetro arrastrado. Si nunca te gustó el equilibrio y la soledad compartida, acá no vas a encontrar una epifanía.

Nos quedamos con la sensación de haber atravesado una obra de autor inmensa, llena de genialidades y alguna que otra torpeza heredada. Es un juego que no se disculpa por lo que es y que, en sus mejores momentos, te sacude con una belleza y un mensaje que pocos títulos se atreven a proponer. Las asperezas pesan menos que las huellas que deja.

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