Reseña. Resident Evil Requiem es la celebración sangrienta que la saga merecía

Capcom abraza todas sus caras en un noveno capítulo que alterna el terror más asfixiante con la acción más brutal, envuelto en un acabado técnico impecable.

Tres décadas de sustos y escopetazos pedían un festejo a la altura, y Capcom lo cocinó a fuego lento. En Solo Jugadores recorrimos cada rincón infectado de Resident Evil Requiem y lo que encontramos es un juego que entiende como pocos que el miedo y la adrenalina no son enemigos: son dos caras de la misma moneda.

Desde el primer compás, la entrega se planta como una carta de amor a quienes crecimos con la saga. No elige entre el terror de la familia Baker y la pirotecnia de Leon en el pueblo español; te pone ambos platos sobre la mesa y te susurra que podés devorarlos sin culpa. Y funciona.

El miedo en carne propia

Los pasos de Grace Ashcroft por el Rhodes Hill Chronic Care Center nos devolvieron a la pesadilla íntima que muchos añoraban —y entender el trágico legado de los Ashcroft le suma capas a su calvario—. Acá no hay margen para el héroe: cada crujido te obliga a contener la respiración y el diseño sonoro magnifica hasta el roce de una jeringuilla.

Jugarlo en primera persona convierte los pasillos en una ratonera donde el sigilo se vuelve religión. La administración del inventario clásico —espacios fijos, munición que se cuenta con los dedos— te fuerza a pensarlo dos veces antes de gastar una bala del revólver Requiem.

Cada viaje a una sala segura se siente como un respiro genuino, porque el centro de cuidados no perdona. Sus criaturas acechan con una inteligencia sonora que te obliga a agudizar el oído para distinguir a los screamers antes de que revienten tus tímpanos.

La lluvia sobre Raccoon City, las sábanas sucias del hotel y la sangre que empapa las paredes construyen un espectáculo visual tan bello como repulsivo. El miedo, acá, se respira en carne propia.

Cuando Leon baila con motosierras

Cruzar hacia las secciones de Leon S. Kennedy es abrir una válvula de presión. El agente canoso llega a prender fuego a todo, y el cambio a tercera persona te recompensa con un sistema de combate que es puro ballet gore.

El maletín al estilo Resident Evil 4 te invita a ordenar tus armas mientras acumulás créditos por cada baja para comprar mejoras en las cajas de suministro. Lo que sigue es una danza de patadas, hachazos y parrys que convierte cada encuentro en una coreografía brutal.

Bloquear una motosierra con el hacha, cambiar de escopeta a pistola con la cruceta y rematar a un zombie contra el suelo nos arrancó más de una carcajada catártica. La sangre es un personaje más y las animaciones de muerte son las más violentas de la serie.

Es acción desenfrenada, pero tan bien medida que nunca opaca el terror previo; lo pone en pausa para que recuperes el aliento antes de la siguiente dosis de oscuridad.

Decisiones que se pagan con sangre

El sistema de crafteo unifica ambas caras con inteligencia quirúrgica. Recolectar muestras de sangre de los cadáveres te obliga a decidir entre fabricar munición escasa para Grace o invertir en jeringuillas hemolíticas que eliminan enemigos sin hacer ruido.

La verdadera tensión aparece cuando un zombie puede mutar en un blister head si no lo rematás con una de esas jeringas. Cada gota de sangre que llevás al banco de trabajo tiene consecuencias tangibles.

Los puzles se integran con naturalidad en la exploración. Cerraduras complicadas y acertijos que no cambian entre partidas le dan un regusto clásico y premian a quienes memorizan rutas para sucesivas vueltas. Esa sensación de dominar el miedo pasillo a pasillo nos impulsó a reiniciar la historia apenas rodaron los créditos.

El giro que parte la noche

La trama remueve el avispero a mitad del recorrido, y ese quiebre que disipa la bruma para abrazar una urgencia de cierre de temporada nos pareció un salto al vacío controlado.

Grace deja de ser solo presa y gana catarsis, con una actuación de Angela Sant’Albano que transmite fragilidad y furia en dosis justas. Leon carga con una enfermedad misteriosa que humaniza al ícono sin robarle un ápice de chulería. Victor Gideon no alcanza el carisma de Jack Baker, pero su sombra mueve los hilos de una historia que ata cabos con oficio.

Aceite en los engranajes

El acabado técnico es altísimo. La tasa de frames solo titubea en algún rincón de PlayStation 5 base, sin empañar una experiencia limpia de bugs graves. Nos topamos con una rareza visual —las correas de un arma flotando tras una explosión— y nada más.

La falta de un modo Mercenarios nativo nos dejó con las ganas de estrujar el combate de Leon fuera de la campaña; ojalá un futuro DLC lo repare. La campaña rondó las dieciocho horas sin una sola pausa hueca, y el mapa de horrores nos entregó un viaje redondo y generoso.

Una colección de miedos que vale cada maldito susto

Resident Evil Requiem no busca conformar a quien exija una experiencia pura y monolítica. Es un homenaje a treinta años de identidades encontradas, cocinado por un equipo que conoce cada rincón de la saga.

Si tolerás que el terror se tome un respiro para dar paso a la pirotecnia, vas a encontrar uno de los survival horror más pulidos, intensos y memorables de la franquicia. Para nosotros, es el abrazo imposible entre dos mundos que al fin conviven sin matarse. Y es, sin vueltas, el festejo que la saga se debía.

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En Solo Jugadores hacemos reseñas en español con análisis claros, sin spoilers y una mirada crítica que valora lo mejor de cada videojuego.

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