Yacht Club Games cambia la pala por el látigo y excava una aventura tan bella como exigente, donde solo un puñado de roces empaña un viaje de veinte horas cargado de alma
Hacía más de una década que Yacht Club Games no se animaba a una nueva IP. Después de exprimir el universo de Shovel Knight, el estudio se mandó un volantazo: abandonar la pala, adoptar la perspectiva cenital y homenajear a los Zelda de Game Boy Color con un toque gótico que abraza Castlevania y coquetea con Bloodborne —esa veta oscura que tan bien nos supo Blasphemous.
Las expectativas estaban por las nubes, y podemos decirlo de entrada: Mina the Hollower no solo las cumple, sino que construye una identidad tan firme que se siente clásica desde el primer minuto, en esa misma sintonía de aventura cenital con secretos que tanto disfrutamos en Tunic.
Claro que no es un paseo tranquilo por Tenebrous Isle. Encontramos un juego que exige, que a veces tropieza con sus propias reglas y que no le hace concesiones a quien busca una aventura acogedora. Pero cuando la mecánica de excavar hace clic y el mundo empieza a abrirse, cuesta soltar el mando.
Pixel art que respira penumbras
Lo primero que te golpea al desembarcar en Ossex es la dirección de arte que parece arrancada de un cartucho que nunca existió pero que siempre quisiste tener. El estilo pixel art 2D corre sobre un motor 3D propietario que sobresale en los detalles: planos de cámara sutiles, establecimientos de zona que suman dramatismo y una verticalidad que aprovecha la perspectiva cenital como pocos.
Cada bioma pide un respiro distinto. Vas desde pantanos opresivos hasta criptas góticas, pasando por calles empedradas. Las mazmorras, con sus fondos y presentaciones, nos dejaron con la boca abierta más de una vez, con un mimo por la tesela típico de un estudio obsesionado con lo retro.
La banda sonora no se queda atrás. Jake Kaufman y Yuzo Koshiro firman una partitura chiptune que suena a NES y Game Boy, pero con una elegancia barroca que envuelve cada zona en una atmósfera de película de terror clásica. No hay doblaje, y no se lo extraña: los efectos y la música cargan con todo el peso narrativo sin desentonar.
La danza de excavar, golpear y esquivar
El hollowing —la habilidad de excavar de Mina— bombea sangre a cada rincón del diseño. Esquivar bajo tierra, saltar más lejos o atravesar paredes agrietadas se internaliza rápido como una extensión natural del personaje. El control es preciso, y la fluidez al encadenar excavaciones con ataques es de lo mejor que te va a dar el juego.
El combate en cuatro direcciones se siente rígido al inicio, pero el abanico de armas lo compensa con creces. Probamos látigo-maza, dagas veloces, martillo demolidor y escudo-ataúd; cada una con su estilo.
Las Sidearms y los Trinkets abren combinaciones que invitan a experimentar, permitiéndote ser desde una excavadora tanque hasta una sombra frágil de daño explosivo. Esa libertad de armar tu propio estilo es un acierto enorme.
Tenebrous Isle, un laberinto con dientes
La isla no te toma de la mano. Su mundo abierto no lineal con seis mazmorras, más de dos docenas de jefes y dieciséis biomas interconectados por atajos recompensa la curiosidad a cada paso.
Cada sesión nos recompensó con secretos, huesos o un nuevo callejón que acortaba viajes. La filosofía de no guiarte es deliberada: el mapa que desbloqueás temprano es básico y solo marca las áreas principales y sus conexiones gruesas.
Confesamos que nos perdimos más de una vez. La falta de referencias claras en el mapa frustra cuando volvés a una zona vieja y no recordás bien la ruta hacia ese atajo que necesitás.
Sin embargo, cuando le agarrás la mano al trazado de la isla y empezás a orientarte por puntos de referencia visuales, la sensación de dominio es genuina y gratificante. Si no tolerás la desorientación, Tenebrous Isle te va a poner a prueba.
Cuando el riesgo te deja sin huesos
El juego mete pizcas de Souls: al morir perdés los huesos —moneda y experiencia, todo junto— y tenés que volver al lugar de la caída para recuperarlos.
Los Underlabs —puntos de control— resetean enemigos, sumando una tensión que le da peso a cada decisión.
El sistema de curación con plasma nos dividió un poco más. Convertir la salud recuperable en vida real requiere una animación lenta que los enemigos cortan de un zarpazo. Premia la agresividad, pero en peleas multitudinarias se vuelve torpe y castigadora.
Nos vimos más ocupados buscando ventanas para curar que disfrutando el ritmo del enfrentamiento. Y con fosos que quitan vida sin un ajuste fino que desactive solo ese daño, la dificultad por defecto se vuelve áspera incluso para quienes bancan los desafíos.
Accesibilidad que marca el camino
Desde el arranque, Mina the Hollower te ofrece modificadores de dificultad ejemplares: podés reducir el daño, aumentar la altura de los saltos, activar auto-curación y más. Desactivan logros, pero no bloquean el progreso ni te señalan con el dedo.
Nos parece el estándar que muchos estudios deberían mirar de cerca: la experiencia exigente está para quien la busque, y quien solo quiera pasear por la belleza gótica de la isla también tiene su lugar.
El legado de una ratona que excava hondo
Mina the Hollower es, sin vueltas, otro imprescindible del estudio. La dirección artística maravilla y la banda sonora es de lo mejor que escuchamos en chiptune reciente. La mecánica de excavar sostiene el juego de punta a punta.
Las asperezas del mapa, la curación arriesgada y algún minijuego repetitivo nos hicieron fruncir el ceño en más de una ocasión. Pero no alcanzan a opacar las veinte horas de asombro, secretos y experimentación que te esperan en Tenebrous Isle.
Si creciste con los Zelda de Game Boy Color y no le tenés miedo a un diseño que te suelta la mano, esta aventura te va a encontrar con el látigo listo y las ganas de excavar a fondo.
