Una carta de amor a la adolescencia, la música y esos amigos que te salvan sin saberlo
Hay juegos que entran por los ojos y otros que se cuelan directo al pecho. Mixtape, lo nuevo de Beethoven & Dinosaur y Annapurna Interactive, hace las dos cosas sin pedir permiso. Después de The Artful Escape, el estudio australiano vuelve con una aventura más íntima, real y filosa. La espera hasta mayo de 2026 se nos hizo larga, pero valió cada minuto.
Pensalo como un cruce entre Ladybird y una playlist que grabaste en cassette para alguien que te gustaba. No hay épica galáctica ni villanos. Hay tres pibes, una noche de verano y ese momento exacto en que la adolescencia empieza a rajarse. Todo eso te lo cuenta con una banda sonora que quiere ser protagonista y una dirección artística que te deja pegado a la pantalla.
Cuando el mundo se mueve a 24 fotogramas por segundo
Arranquemos por lo que vas a notar apenas movés el primer stick. Mixtape es, simplemente, uno de los juegos más lindos que vas a ver en años.
La animación usa el truco de Spider-Man: Into the Spider-Verse: personajes a tasa de fotogramas reducida, fondo a 60 fps. El efecto es hipnótico, con un aire de stop‑motion que abraza sin asfixiar.
Los colores brillan con una calidez que te remonta a las tardes larguísimas de enero. La iluminación es cinematográfica y la puesta en escena de las cinemáticas tiene un laburo de rigging que asusta.
Pero el golpe maestro llega cuando el juego se pasa a blanco y negro en los momentos de tristeza. No lo anuncian, no lo subrayan.
Ocurre y te deja con un nudo en la garganta. Nosotros nos quedamos quietos un rato la primera vez. Sin bugs, sin caídas de frames, sin excusas técnicas.
La playlist como personaje principal
Si Mixtape te agarra por los ojos, te termina de noquear por los oídos. La banda sonora no es un adorno: es el corazón entero del juego.
Desde Devo y The Cure hasta Portishead y Smashing Pumpkins, cada canción licenciada está elegida con un cuidado obsesivo. Stacy arma su propio mixtape como un diario íntimo, y cada tema se integra en la historia de manera orgánica.
Hay un detalle que nos encantó: Stacy rompe la cuarta pared para presentarte cada canción con nombre, artista y año. No es un tutorial pedante. Es una piba que te muestra su mundo con orgullo, y vos te volvés cómplice.
Las voces acompañan a la altura. Bella DeLong, Max Korman y Jessica Ma construyen diálogos que suenan a conversaciones de madrugada en un kiosco, con humor y vulnerabilidad. Slater nos robó más de una carcajada con su timing perfecto.
Minijuegos que no quieren ganar, quieren hacerte sentir
El apartado jugable de Mixtape es engañosamente simple. No vas a encontrar estados de fallo, puntuaciones altas ni ramificaciones argumentales. Lo que sí vas a encontrar es una colección de minijuegos que aparecen cuando la historia los necesita y desaparecen sin dejar grasa.
Bajar una colina en monopatín te pone en la piel de esa libertad adolescente que creías olvidada. Controlar las lenguas con los dos sticks en un primer beso nos hizo reír y también nos conmovió.
Cada interacción suma al tono emocional de la escena. Hay un momento de headbanging que es pura catarsis, otro donde volás sobre un prado y sentís que el tiempo se frena.
La exploración es breve pero jugosa: en las habitaciones de los personajes podés examinar objetos que disparan recuerdos, y las charlas opcionales con amigos revelan capas que enriquecen la rejugabilidad.
Un detalle genial: si algún momento se te hace demasiado intenso, podés pulsar el botón “That’s Enough”. Es un guiño respetuoso, muy consciente del ritmo, que el estudio maneja con madurez sorprendente para su segundo juego.
Un verano que se termina demasiado pronto
La duración ronda las cuatro o cinco horas, y sí, es corto. Pero no le sobra ni un solo minuto. Mixtape está armado como un grandes éxitos de vivencias adolescentes, sin relleno ni escenas que estiren el metraje al pedo.
La estructura funciona como un mixtape real: cada canción, cada recuerdo, te pega distinto la segunda vez que lo escuchás. La rejugabilidad es altísima en un plano emocional, parecido a volver a ver una peli de confort cuando necesitás sentir algo conocido.
El guion evita el tono cursi que a veces lastra el género coming‑of‑age. Los diálogos pueden ser incómodos, pero de esa incomodidad que solo la adolescencia genuina sabe producir. A nosotros nos recordó a charlas reales, de esas que duelen un poco y te hacen querer abrazar a tus amigos —ese pulso narrativo que Annapurna viene afinando en propuestas como el viaje íntimo de The Cosmic Wheel Sisterhood.
Tuvimos un pequeño ruido con la evolución de Cassandra en un punto, que nos pareció un tanto abrupta, pero es una mínima arruga en una trama que te envuelve y no te suelta.
¿El mejor disco del año?
Mixtape es, de lejos, uno de los candidatos más firmes a juego del año. No necesita épica desbordada ni mecánicas rebuscadas para demostrar lo que el videojuego puede lograr como medio artístico. Te habla al oído, te pasa canciones y te recuerda que crecer no es otra cosa que juntar pedacitos de gente y de música hasta armarte una identidad.
Si disfrutaste Life is Strange, What Remains of Edith Finch o simplemente tenés ganas de que algo te haga sentir, este juego es para vos. Que el estudio haya llegado hasta acá no era obvio: ya con The Artful Escape vivimos su accidentada espera entre demoras y reprogramaciones, y la madurez de este segundo trabajo se siente como una recompensa. Probablemente lo termines con los ojos húmedos y las ganas irrefrenables de armar tu propio mixtape.
