Una carta para cerrar el año. Para mis lectores, para mis colegas.
La mesa está lista. Mi hermano y mi cuñada nos reciben en su casa con mollejas y sanguchitos de miga. Nosotros nos encargamos de completar el evento con gaseosas, sidra, ananá fizz y dos bolsas cargadas de turrones, mantecol, pan dulce, garrapiñadas y pasas de uva bañadas en chocolate.
Pero, ¿Yo estoy listo? Estoy posicionado, sí, a la espera del disparo de salida para empezar una larga carrera de 365 días.
Periodismo especializado en supervivencia
El estado del periodismo especializado no cambió demasiado desde aquel último contacto que tuve con mis lectores en 2023. Las redes, por más cambiantes que sean, apuntan con sus focos a la comunidad, a la conversación sin final. Esto quiere decir que casi cualquier proyecto comunicacional que abrace la lupita de Instagram o los ganchos diarios de Twitter puede recibir vistas, lecturas e intercambios virales en cuestión de días, semanas o meses.
Pero, claro. El millón de visualizaciones de un tuit y los cientos de miles de visualizaciones en un reel hablan de forma ambigua sobre el estado de nuestro proyecto. Al final y al cabo, nada de eso nos pertenece.
¿Qué tan vivo está aquello que creamos? ¿Acaso solo cumple la función de ventana de escape para sentir la finita felicidad que nos dan los videojuegos? ¿O en su defecto es la supervivencia a base de una dirección afilada de SEO, algoritmos e Inteligencia Artificial? Una de dos.
Y más importante, ¿qué tan vivos nos sentimos con nuestra creación?
Nadie conoce a su jefe
Con Solo Jugadores, un medio que lleva más de 6 años de pie, aprendí muchas cosas. La más valiosa es que jamás debo activar el piloto automático o, como también me gusta decir, “quedarme en el molde”. Tengo mi web, tengo mis escritos, pero el resto de la exposición depende de personas a las que nunca les veré el rostro y a las que llamamos por default “Google”, “Meta”, “X” y “OpenAI”. Me guste o no, son mis verdaderos jefes.
La revolución será artística o no será
A esta altura, lo mejor es ser plenamente consciente de nuestro lugar en la maquinaria comunicacional. Que todo lo que creamos se verá afectado por un sistema mediático impredecible, desgastante y, a la larga, infeliz. La supervivencia está casi garantizada.
Pero no es lo único que nos queda. En ocasiones, es sano sentarse frente a la pantalla y escarbar el “contenido” hasta encontrar “eso”, la “génesis”, la “corazonada”. La que nos llevó a las sillas de Comunicación Social y las enrevesadas teorías de Peirce, que nos perdió entre conductos de ventilación de Shadow Mouses y tuberías verdes del Reino Champiñón. La misma que conectó palabras en una entrada de WordPress y mató a las mariposas del estómago con un “publicar”.
Si encontramos eso, estamos listos.
Y chocan las copas.
Nos vemos en la línea de meta.
Migue.

